Por Paula Campos
“Tocamos todos los años, pero a veces”.
Este 2026, por suerte, entonces, podemos verlos en el Patio Norte del Museo Chileno de Arte Precolombino.
“Llevo veinte años”, dice Francisca Gili, una de las últimas en sumarse a La Chimuchina, esta agrupación que nace al alero de la investigación sonora del Museo Chileno de Arte Precolombino.
“Un mix entre investigación e interpretación musical”, declaran sus integrantes, quienes destacan por realizar una labor de décadas en la difusión de instrumentos y formas musicales precolombinas.
La Chimuchina nace en 1982 a partir de una experiencia casi accidental en el Museo de Arte Precolombino, cuando el investigador José Pérez de Arce invitó a un grupo de músicos a improvisar con instrumentos indígenas, sin más instrucción que explorarlos libremente. Lo que comenzó como un ejercicio espontáneo, sin intención de formar una agrupación, se transformó años después (en 1992) en un proyecto estable junto al antropólogo Claudio Mercado junto a los músicos Víctor Rondón, Norman Vilches y Cuti Aste.
Desde entonces, el grupo ha desarrollado una propuesta única que cruza investigación arqueológica, la experimentación sonora y los saberes aportados por las tradiciones musicales amerindias que tienen continuidad hasta nuestros días. Sus trabajos —como Música en la piedra (1998), Sonchapu (1999) y Mapocho (2017)— exploran las posibilidades de instrumentos precolombinos y técnicas vocales no convencionales, generando paisajes sonoros colectivos, sin protagonismos individuales, y conectados con dimensiones rituales y simbólicas de la música.
En 2007 se suman la artista y magíster en antropología Francisca Gili, el diseñador industrial Juan Gili y el luthier Rodolfo Medina. Juntos, los seis, desarrollan un trabajo colectivo de investigación e interpretación.
Desde hace algunas semanas, en el Barrio Italia, se juntan a ensayar para el concierto que el 20 de mayo presentan en el Museo. La tarde de ese lunes sus réplicas de instrumentos precolombinos están dispuestas en el centro. Siku, sonajeros, conchas de ostión, moceños, botellas silbadoras, zumbadores, teponaztli, kuisi, trompeta de caracol, antaras, pilotos, silbatos, cantos multifónicos son parte de la escena, instrumentos que sonaban y aún son parte de la historia sonora de los Andes. Cada uno de los integrantes ocupa un momento de la partitura. Todos estos instrumentos están ahí porque los miembros de la Chimuchina durante décadas han estudiado sobre sus usos, materialidades, funciones sociales y, sobre todo, sonidos.

El ensayo
La disposición escenográfica está sobre la mesa de la cocina del taller fotográfico que los cobija.
Francisca Gili ordena y distribuye, mientras José Pérez de Arce y Cuti Aste organizan un papelógrafo en el que tienen dispuestas las partes y partituras de este concierto que inicia con sikus, instrumento musical de viento, andino y de origen precolombino y aymara, conocido también como flauta de pan.
Claudio Mercado instala la cámara. Vídeo y sonido registran este evento. (Claro, también mi ojos, que en silencio absoluto observan, como tratando de leer los tiempos de esta partitura experimental que ellos interpretan).
Conversan, recuerdan, afinan detalles, llegan a acuerdo… tocan.
Al inicio, el cuadro parte con un círculo. Al fondo se escucha una voz: “cuidado con los desplazamientos”, como recordando que los espacios del Museo tienen un límite de distancia que va a trazar la coreografía de los movimientos.
Se conocen, se leen… cómo no, si llevan 40 años, casi, en esta conjugación.
En sus movimientos aparece la repetición de sonidos, la conversación entre instrumentos, la sincronía de movimientos. El animal empieza a tomar forma –pienso– mirando este conjunto de cuerpos que se arman al ritmo precolombino.
Conformado por una diversidad de instrumentos —flautas, sonajas, tambores y objetos sonoros—, La Chimuchina ha mantenido una búsqueda abierta, integrando antiguas materialidades, voces y experimentaciones que dialogan con la arqueología y la memoria sonora del territorio.
Ra nas
“Movamos las conchas (de ostión) como si fueran ra nas, así, separado, ra nas, no rararas”, dice Cuti Aste, dando origen a un intercambio de postura y sonidos que después interpretan a la perfección.
Luego aparece el canto. “La llegó La Chimuchina venimos a chimuchinear”, la voz de Claudio Mercado rompe el silencio y su plegaria se instala como esa raíz que conecta el pasado, presente y futuro de un continente, de una forma de musicar. A él se suma la banda, en equipo interpretan sonidos, palabras, rezos.
A la Chimuchinada le siguen los vientos. Al círculo danzante inicial, sobrevenido por un recogido cuclillas, le sigue una fila, flautas suenan, alternan sus dulzores, mientras los pies marcan el ritmo con unas sonajas (instrumento conformado por pequeñas pezuñas de cabra unidos por una una banda de cuero, que producen sonido al entrechocar), amarradas a los pies.
El presente tiene capas de profundidad según el pasado que acumulen y el futuro que proyectan. De eso está hecha también esta agrupación.
Los recuerdos del grupo aparecen en formas de palabra, por ejemplo, cuando hablan de Mapocho, el concierto que realizaron años atrás en el Precolombino o Sonvisión que presentaron con Cecilia Vicuña en el Centro Cultural de España. En estas memorias también aparecen sonidos y fragmentos, porque las historias sonoras son la parte central de esta propuesta musical.
Al hablar de recuerdos aparecen los propios e históricos. Históricos en la investigación musical precolombina que precede y también atraviesa a La Chimuchina. Réplicas de instrumentos, sonidos de botellas silbadoras, instrumentos de viento cerámicos andinos que suenan al interactuar con el agua. Cada uno busca el sonido, adentro, muy adentro, con la capacidad que tenemos todos los nacidos en esta parte del mundo de interpretar esas claves musicales que nos recorren desde antes que nos llamáramos América, Chile…
A esa historia se suma la historiografía, lo que cada uno de ellos trae a esta agrupación. Los años de estudio, la investigación arqueológica y etnográfica; las propuestas artísticas; también las propias emociones que van dando espacio al sonido… hasta que, de pronto, el sonido lo es todo.
Conformado por una diversidad de instrumentos, La Chimuchina ha mantenido una búsqueda abierta, integrando nuevas y antiguas materialidades, voces y experimentaciones que dialogan con la arqueología y la memoria sonora del territorio.
El otro
El escenario no existe. El concepto de “música”, tal como la concebimos comúnmente, se borra.
No es una puesta en escena, es la búsqueda del cuerpo, de un cuerpo sonoro que no existe sin otro. Ese otro también son los espectadores, ese otro también era yo en ese ensayo.
Así define José Pérez de Arce al musicar precolombino. “La música, como concepto, es europea. Nombrarla así ya implica un marco. Por eso, más que hablar de música como objeto, propone pensar en el musicar: una acción. No algo que se contempla, sino algo que se hace. No un producto terminado, sino un proceso compartido. Ese desplazamiento conceptual no es menor; transforma la manera en que comprendemos los instrumentos, los archivos y las prácticas vivas”.
En los bailes chinos, por ejemplo, la cantidad de participantes determina la fuerza que cobra este “animal sonoro”. En La Chimuchina ese animal se muestra, aparece con fuerza, se recuesta a descansar, susurra palabras, participa de rituales, conversa… habla y escucha, se conecta con algo más allá… o más acá, bien centro de nuestra propia historia americana.
El animal cobra vida y, tal como si cobrara vida en la realidad, le podemos atribuir personalidad, emociones y acciones. Ahí, Justo ahí, aparece el otro, el espectador, porque estoy segura de que, a cada uno de nosotros, se nos configura una película diferente, donde los actores son nuestras propias historias.
La participación, en algún momento, deja de ser onírica, contemplativa y se vuelve táctil, vocal, porque si hay algo que pasa en un concierto de La Chimuchina es que la cabeza descansa, mientras todo el resto de los sentidos toman el protagonismo del viaje al que nos invitan a transitar.
Ven, que toca una vez al año… pero a veces

El 20 de mayo, la Chimuchina tiene diversas acciones en el Museo Chileno de Arte Precolombino.
Las actividades se inician a las 16:30 con la presentación del catálogo Cantarino. Una exploración creativa de las botellas silbadoras prehispánicas de Francisca Gili que culmina a las 19:00 con este concierto en vivo en el Museo.
A los asistentes, se les regalará catálogos Cantarino durante el lanzamiento.

En la ocasión, los asistentes podrán escuchar botellas silbadoras y conocer tecnologías acústicas milenarias preservadas en nuestro territorio, junto a instrumentos tradicionales que mantienen estéticas prehispánicas.
Los pasos que siguen quedan reservados para quienes se inscriban y participan este 20 de mayo Museo, porque La Chimuchina llegó y llegaron a chimuchinear.
Descarga el catálogo Cantarino de las botellas silbadoras.
Inscríbete al lanzamiento del catálogo en Biblioteca (piso -1 Museo)
20 de mayo, 16:30 h.
Inscríbete al concierto en vivo de la Chimuchina.
20 de mayo, 19:00 h.
*La fotografía de portada es de Nicolás Aguayo.