Boletín del Museo Chileno de Arte Precolombino: “El espíritu de excelencia es transversal en estos 40 años”

por Paula Campos

Esta historia empieza en la década de los ochenta, años antes de que muchos de los que hoy somos parte del Museo Chileno de Arte Precolombino, incluso naciéramos. Por lo mismo, da cuenta de una continuidad, de una línea de trabajo unida por la idea de que un museo, o al menos este, es mucho más que salas de exhibición. Es una declaración sobre la importancia no solo de producir conocimientos, sino también contarlos y relevarlos. 


José Berenguer, curador emérito del Museo, era entonces un recién egresado arqueólogo. Tal cual recuerda en esta conversación, desde siempre, el mundo editorial estuvo en su cabeza. Con esa inquietud le propuso a Carlos Aldunate y Sergio Larrain García-Moreno (fundador del Museo) la necesidad de crear una revista científica, que diera cuenta de la investigación que se hacía en el Museo. 

“En esa época mirábamos con atención revistas nacionales e internacionales”. American Antiquity y World Archaeology, desde el extranjero, aparecían como influencias importantes. En el ámbito local, Estudios Atacameños y Chungara eran los modelos de inspiración. 

Estas ideas fueron clave en la construcción de la primera maqueta del Boletín, a cargo de Peter Sinclaire, diseñador de la primera identidad visual del Museo y, también, constructor del esqueleto del que en 1986 fuera la primera publicación. Al respecto, cuenta Carole Sinclaire:

“Mi padre estuvo a cargo de hacer el primer logo del Museo. Luego, trabajó en un set de publicaciones para la División de Cultura del Ministerio de Educación”, sección que por entonces inauguraba Claudio di Girolamo. El trabajo de diseñador alcanzó también los catálogos y exposiciones de la época, en ese contexto, explica la también arqueóloga Carole Sinclaire (hoy miembro del comité editorial del Boletín), “era lógico que Peter se hiciera cargo de traducir esta idea conceptual en una propuesta artística”.

Maqueta Boletín (1986) creada por Peter Sinclaire. Fotografía: Micaela Valdivia.

La línea estética final no estuvo en manos de Sinclaire, sino de Fernando Maldonado. Sin embargo, recuerdan, mucho de la propuesta original se mantuvo en la definitiva. 

La forma de ilustrar es también recordada por el equipo que vio nacer el Boletín. “Al principio las ilustraciones las hacía José Pérez de Arce y Eduardo Osorio. Ellos dieron vida a muchos de los artículos que publicamos. De esa forma nos asegurábamos de no violar la propiedad intelectual de nadie”

Si bien no recuerdan alguna portada en específico sí coinciden que una de las características que ha acompañado este camino es elegir, número a número, la imagen que acompaña la cara más visible del Boletín: “Hay algunas fomes, planas, donde pusimos un mapa de un sitio, pero otras son ilustraciones de José o Eduardo y hoy de alguno de los autores que envían sus contribuciones. Este elemento se ha mantenido a lo largo del tiempo y es un sello característico del Boletín”.

Imágenes de la portada e interiores del primer Boletín.

El diseño como sello diferenciador

El diseño nunca fue secundario. Por eso, al hacer un homenaje de sus cuarenta años de vida, lo pensamos como un hilo conductor.

“Esto es un museo de arte, nos decía siempre don Sergio” comentan en distintos momentos de la conversación Carole y José. “Era tan importante lo estético que, cuando logramos encontrar el mestizaje propio, después de mirar todas las inspiraciones, lo pensamos a cincuenta años: la línea de colores, las letras que se eligieron, todo fue pensado en los números del futuro”, agrega Berenguer. “En ese momento Carlos Alberto Cruz era el asesor de arte del Museo. Por él pasaron los vistos buenos finales de esta revista: sobria, siempre, pero con una identidad propia. Si la miramos a lo largo de cuarenta años vemos que ha cambiado, pero es la misma. Tiene un alma y se mantiene”.

Esas decisiones de las que hablan, que dan continuidad a la publicación son, por ejemplo, el color de sus tapas, una línea cromática de colores tierra elegida por Cruz a comienzos de los ochenta. También, la separación a dos columnas de sus textos, idea que Peter Sinclaire defendió ante el equipo, explicándoles los puntos de la atención visual de los humanos. 

El logo y la decisión de implementar la letra Futura, decisiones de Sinclaire, acompañaron las publicaciones hasta entrados los 2000, cuando en manos de José Neira, se cambia por primera vez la identidad visual del Museo. 

En el interior de sus páginas, este diseño consolidado de la portada y tipografía, no se veía aun reflejado en las imágenes que acompañaban cada artículo. Así lo recuerda Víctor Jaque, coeditor artístico de la publicación, que recuerda que a fines del 2016 se lo convocó a una reunión para que hiciera un diagnóstico. ¿El resultado? “Lo que más me sorprendió e hice saber aquella vez, es que el Boletín carecía de una identidad gráfica. Lo que había en general, en cuanto a imágenes, era una suerte de pastiche de material gráfico que provenía de diversos orígenes. Cada autor/a acompañaba su artículo con imágenes producidas en condiciones y con criterios propios, con tipografías distintas, paleta de colores distintas etc. Así, esto impedía que la revista se consolidara visualmente como una unidad, como un todo. Esta situación dio pie a que, poco a poco, mi labor fuera reelaborar el material gráfico que “acompaña” los artículos, lo digo entre comillas porque el material gráfico no acompaña ni apoya los contenidos, ES también el contenido. Fue paulatino, se fue profundizando con el tiempo. Esta reelaboración del material gráfico no era una tarea “mecánica”, sino que estaba íntimamente ligada al trabajo de edición, a criterios, decisiones etc. De ahí que mi puesto pasara a llamarse “coeditor gráfico”. Desde ese momento y hasta hoy, mi tarea consiste en reelaborar todo el material gráfico que envían los/as autores/as adaptándolo al estilo gráfico del Boletín con el objetivo de comunicar de mejor manera lo que los autores quieren decir”.

Imágenes de portada e interiores del 12° Boletín.

La estética visual de la publicación nunca ha sido al azar, todo detalle está cuidadosamente elegido para mantener su carácter, pero también para permitir una adecuación a los tiempos. “Es una progresión de ideas, donde el espíritu de la excelencia ha sido transversal durante estos cuarenta años”, sostienen los entrevistados. 

Los altos y bajos de su historia

“Si bien hoy goza de buena salud, no se puede dar por sentado que será así para siempre”, asegura Berenguer explicando que la alianza con la Universidad Adolfo Ibáñez (desde 2020) y con la Pontificia Universidad Católica de Chile (desde 2025) que permiten que la revista mantenga su periodicidad y prestigio.

“Muchas de las decisiones que hemos tomado son también económicas” agrega Carole contando cuando se decide que sea una publicación digital y no impresa, como fue hasta 2018. 

¿Y la idea de volverla a imprimir existe o es una nostalgia de quienes preferimos el papel? “existe, pero su calidad, peso y también la forma en la que se lee hoy hacen que no sea tan real volver a imprimir”, contesta Carole Sinclaire.

Los cambios importantes, describen, son tres: El primero en 2004. “Yo estaba listo para el funeral del Boletín, porque no teníamos recursos para seguir existiendo”, confiesa José Berenguer recordando ese primer momento de tensión. “Imagínate, yo pensé que esto iba a durar 50 años, pero al año cinco me di cuenta lo difícil que era sostener una revista desde lo económico, pero también desde el contenido porque no teníamos masa crítica para llenar las publicaciones. Nosotros mismos contábamos nuestras investigaciones para poder dar más contenido al Boletín. Por eso, en 2004, Carlos Aldunate me dice que debemos cerrar. Ahí Cecilia Puga, mucho antes de ser directora, fue clave. Ella nos dio el cimiento para que tuviéramos futuro”. 

En esa época, la actual directora del Museo era la secretaria ejecutiva de la Fundación. Desde ese rol, llevó la revista ante el rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile, quien impulsó la consolidación de la revista: “Nos pusieron el desafío de tener una periodicidad clara (dos publicaciones al año, que se mantienen hasta hoy) e iniciar el camino a la indexación”.

Imágenes de portada e interiores del 21° Boletín.

Ese ímpetu permitió seguir, hasta cuando en 2018 tuvieron que dejar de imprimir para pasar al digital. Para Víctor Jaque este proceso “ha sido un aprendizaje/desafío constante. Quizás, algo que se podría potenciar más es precisamente lo que permite el formato digital: divulgación de material audiovisual, los autores explicando en terreno sus investigaciones, subir este material a las rrss correspondientes etc., aunque eso depende más o menos de la iniciativa/formación de los/as autores”. 

En 2020 la pandemia nuevamente puso en jaque la continuidad del Boletín. “El convenio con la UAI nos salvó. Hoy junto a la PUC fortalecemos esta alianza”, recuerda Berenguer.

Esos cambios también se vieron reflejados en el diseño. En primero coincidió con un cambio de imagen del Museo, donde el logo transicionó desde la imagen de la fachada al que tenemos actualmente. De la mano con ese cambio, la indexación obligó a tener un logo propio de la revista: “El isotipo que hasta hoy se mantiene, los cuadrantes de estas piramides en perspectiva y espejadas, son los cuatro núcleos temáticos fundacionales del Museo: arte precolombino, antropología, etnohistoria y arqueología. Con ello una actualización a su portada, que también sigue vigente en la actualidad. Finalmente, la digitalidad abrió la puerta al color. “Sin la presión del costo por imprimir, podíamos usar colores en las imágenes. Eso complejiza la decisión estética, porque hoy la hace jugar con la armonía cromática de cada artículo, pero permitió mejorar su calidad”, agrega. 

Imágenes de portada e interiores del 26° Boletín.

Pero hablar del Boletín no solo es relatar la historia de una publicación, sino que nos invita también a mirar los mundos internos de quienes han acompañado este camino. 

José, ¿qué significa en tu vida el Boletín?

Es una continuidad de mi niñez. Cuando era muy chico tenía una imprenta y un pequeño negocio. Hacíamos cómics con mis amigos, los fotocopiamos y arrendamos con mis amigos. Creo que desde siempre estuve mirando revistas, por eso me nació la idea del Boletín. Es algo que me acompaña desde siempre. 

Carole, ¿sientes que tu rol actual en el equipo editorial es también un resguardo a la historia de lo que ha sido este Museo?

Sin quererlo, lo soy. Espero que las próximas generaciones entiendan que las ganas de hacer un trabajo excelente es algo que nos ha marcado desde el comienzo. Si bien yo me sumé tarde a las labores dentro del Boletín, entendí desde siempre que un error, un descuido, tira por la ventana el trabajo de muchos años. La excelencia de contenidos y estética, por cierto, es un pilar muy importante para este Museo.


Actualmente, la publicación es completamente digital y se puede revisar en su sitio web. El equipo de trabajo lo integran los coeditores Marcelo Alarcón Álvarez, Carole Sinclaire Aguirre y Alexander San Francisco Araya. En la coedición gráfica Víctor Jaque Faúndez, además de Isabel Spoerer Varela que es la correctora de estilo. Junto a ellos trabaja un Comité Editorial integrado por Fernando Guzmán Schiappacasse de la Universidad Adolfo Ibáñez, Roberto Campbell Toro de la Pontificia Universidad Católica de Chile; María Isabel Álvarez Icaza de la Universidad Nacional Autónoma de México, Bat-ami Artzi y Felipe Armstrong Bruzzone del Museo Chileno de Arte Precolombino, y un Consejo Editorial con investigadores de diversas disciplinas y nacionalidades.

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