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Ruta

Tecnologías del deseo

El ser humano siempre ha anhelado tener certezas y seguridad en su porvenir.

Nos movemos por un incesante impulso que nos hace querer cosas y propiciar sucesos. Cuando deseamos algo, tomamos decisiones y realizamos actos para conseguirlo. Y es que queremos confiar en que las cosas van a resultar, que el viaje será bueno, que la cosecha será abundante, que tendremos trabajo y salud, y que el futuro será promisorio. También, algunas veces, confabulamos para que ciertas cosas no ocurran ni resulten.

 

América indígena produjo numerosos objetos que fueron diseñados para condensar estos deseos y lograr que se cumplan. Las sociedades de nuestro continente han creado fórmulas para estos fines desde sus orígenes. En nuestra cotidianidad, algunos encendemos velas a los santos, amarramos cintas rojas en la muñeca, hacemos sahumerios para ‘limpiar’ casas o usamos talismanes para proteger o maldecir. Estas son tecnologías del deseo: objetos acompañados de acciones que propician sucesos en un mundo lleno de incertidumbre. Pueden ser actos votivos o supersticiosos, según la creencia que los sustente. De todas maneras, son tan habituales que parecen inherentes a la condición humana.

 

Miniaturas, vasijas para ofrendas y otros objetos de uso ritual y funerario, además de una variedad de instrumentos musicales, son algunas de las piezas que, en esta ruta, encarnan estos anhelos.

Piezas Emblemáticas de la ruta

La tapa de este incensario despliega un escenario teatral que rodea a una máscara humana con nariguera en forma de mariposa. En el decorado de este altar, destacan mariposas, flores y escudos emplumados, que en conjunto dan forma al rostro de Tláloc, la deidad de la Lluvia. Estas tapas cubrían sahumerios de maíz, frijoles y madera de copal, pino y encino, los que se realizaban para propiciar las lluvias y agradecer las cosechas.

Como sukías se conoce hoy a los curanderos o chamanes en Costa Rica, herederos de una larga tradición prehispánica. Esta serie de personajes hieráticos representan sus acciones y experiencias: el viaje extático  del chamán en su característica posición en cuclillas; el fumar alguna clase de tabaco para comunicarse con las divinidades; el portar un cuchillo y una cabeza humana cercenada en una batalla ritual. A través de estas experiencias, el chamán accede a los otros mundos para realizar actos propiciatorios y terapéuticos para su comunidad.

Las antiguas flautas de piedra del centro-sur de Chile tienen una tecnología diseñada para producir un sonido pulsante y batiente. Hoy este mismo sonido se escucha en las pifilcas de madera del pueblo mapuche, articulando un tejido rítmico dual junto al kultrún, el tambor ritual que acompaña a la o el machi en sus ceremonias adivinatorias y de propiciación.

Los inkas utilizaban las pacchas exclusivamente en ceremoniales del culto al agua y la fertilidad. Por lo general, tienen formas de animales, de vegetales y de otras figuras que desde antiguo se han vinculado a la fertilidad agrícola en los Andes. Por la boca de este pez paccha se vierte a la tierra la bebida sagrada que contiene, seguramente chicha de maíz, en ofrenda a la Pacha Mama quien en agradecimiento propicia las buenas cosechas.

Los primeros aldeanos que habitaron la quebrada de Tarapacá crearon estas réplicas en miniatura de sus vestimentas, cestos y otros enseres cotidianos para acompañar los ajuares funerarios de sus difuntos. ¿Se condensaban en ellos anhelos y deseos para el viaje de sus familiares después de la muerte, o eran regalos para quienes ya se encontraban en ese otro mundo?

En tabletas arqueológicas muy similares a estas se han encontrado residuos de alcaloides de una planta sagrada llamada vilca o cebil, cuyo consumo permite acceder a estados modificados de conciencia. Los actuales curanderos kallawayas de los Andes bolivianos, conciben  a este tipo de objetos como  verdaderos templos portátiles.  Las tabletas son parte de atados médico-rituales, que funcionan también como repositorio de ofrendas para comunicarse con los seres sintientes que habitan en la naturaleza.

En los actuales rituales ganaderos andinos, los pastores llenan con grasa vira la cocha o agujero tallado en el lomo de estas conopas de llamas y alpacas. Con este gesto se alimenta a las montañas vivas y a las deidades que en ellas habitan, para propiciar la salud y la fertilidad de los rebaños. Viracocha es el nombre de una fuerza animadora concebida por los inkas, que se personifica en los mitos como el Creador del mundo.

Este curandero entra en trance y se transforma para comunicarse con los espíritus, curar enfermos y predecir el futuro. Para ello requiere del blindaje ritual que le entregan su traje, ornamentos y objetos que porta. En su bolsa quizás llevaba hojas de coca, planta que le permitía comunicarse con las entidades sagradas. La langosta en su tocado, por su constante cambio de piel, simbolizaría la transformación y las cabezas humanas que penden de su collar, el tránsito entre la vida y la muerte.

Todas las piezas de la ruta

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